—Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.

Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba aguardando la comida.

Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo que hasta entonces no había acontecido.

Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron no reparar en él y continuaron su conversación a media voz.

Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y comía como un hambriento.

Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis detuvo al anciano, diciéndole:

—V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras?

—Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés.

—No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.

—¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que no le creo.