—Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo hacerle a V. juez de mi conducta.
—Si es así, explíquese V.
—El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí...
—En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted.
—Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos, agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo.
—Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo.
—Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de asueto que le han concedido.
—¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y por ella le daré las gracias a su amigo de V.
—¿Así pues no le parece desempachado el barón?
—¿Qué está V. diciendo? interrumpió con viveza don Andrés; ¿por ventura no es V. casi casi mi yerno?