—Pero todavía no lo soy, señor.

—Gracias a Dios lo será V. pronto. Así pues, aquí se encuentra V. en su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos.

—Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardónica don Melchor, que estaba escuchando esta conversación.

El conde fingió creer en la buena intención del joven y le respondió inclinándose:

—Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme cada vez que se le ofrece coyuntura.

Don Melchor comprendió el sarcasmo que escondía la respuesta de don Luis, y haciendo un frío saludo se retiró murmurando algunas palabras incoherentes.

—¿Y cuándo llega el barón de Meriadec? preguntó don Andrés.

—Ya que es preciso hablar claro, respondió el conde, mañana por la mañana.

—Mejor. ¿Y es joven?

—Poco más o menos de mi edad: lo único que hay es que habla muy mal el castellano y apenas si lo comprende.