—Ya hallará aquí con quien hablar en francés, dijo el anciano; hizo V. bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde misma voy a dar orden de que le preparen habitación.
—Sentiría en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la más pequeña molestia.
—No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos fácilmente donde instalarle con toda comodidad.
—Me he explicado mal, señor; conozco la espléndida hospitalidad de V. Lo que yo quería decir es que me parece convendría que el barón se instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados pudiesen servirle.
—¡Pero eso va a molestarle a V. mucho!
—Al contrario; mis habitaciones tienen más piezas que no necesito, y él puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con entera libertad cuando nos guste. Hace dos años que no nos hemos visto y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias.
—¿V. lo exige, señor conde?
—Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir, respondió Luis; lo que solicito es un favor.
—Pues se hará según sus deseos, repuso don Andrés; esta tarde misma quedará dispuesto todo.
Luis se despidió de don Andrés y se retiró a sus habitaciones; pero casi en pos de él penetraron dos peones cargados de muebles, quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el salón en cómodo dormitorio.