Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde puso a éste al corriente de lo que debía saber para desempeñar su papel sin ocurrir en equivocaciones, ya que había concurrido a la cita y visto a Domingo.
A eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el conde recibió aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero que conducía dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la hacienda.
Luis, que ni por un segundo sospechó que no fuese Domingo el viajero de que acababan de hablarle, se levantó y se apresuró a acudir a la puerta de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrés a fin de hacer los honores de su casa al extranjero.
El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo como el vaquero llevaría el traje europeo, tan mezquino y estrecho y por lo mismo tan difícil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distinción, se tranquilizó al punto. Sin embargo, se le acudió una nueva duda, y es que le parecía imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre mismo a quien viera el día anterior y cuyos modales francos pero ligeramente triviales le habían inspirado el temor de que no iba a desempeñar satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tardó en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba en su presencia.
Los dos jóvenes se abrazaron con muestras de amistad la más sincera, y luego Luis presentó a su amigo a don Andrés.
El hacendero, satisfecho de la elegancia y distinción del joven, le acogió cordialísimamente; luego el conde y el barón se retiraron seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick.
Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las habitaciones del conde, el barón, que así le llamaremos por ahora, dio una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se volvió rápidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algún conocido en la hacienda.
Una vez a solas los dos jóvenes, colocaron a Raimbaut de centinela en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirándose al dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversación, durante la cual Luis puso al corriente al barón, trazándole una como biografía de las personas entre las cuales iba a vivir durante algún tiempo; extendiéndose en particular respecto de don Melchor, de quien le aconsejó desconfiase, y recomendándole que no echase en olvido que no sabía sino una que otra palabra castellana y que apenas comprendía esta lengua; éste era punto esencialísimo.
—He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondió el joven, y he aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor con que desempeñaré mi comisión.
—Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis esperanzas.