—V. me lisonjea, señor, dijo el joven; pero no tema, procuraré merecer siempre su aprobación.

—Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo; somos antiguos compañeros de colegio.

—¡Qué! repuso en el mismo tono el barón, si nos conocemos de chiquitines.

—¿Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?

—Evidentemente; la perfección de nuestros papeles lo exige.

—Corriente, yo te tuteo y tú me tuteas.

—¡Pues no faltaba más! ¿dos amigos como nosotros no tutearse?

Los dos jóvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como colegiales en vacaciones.

De esta suerte se deslizó parte del día sin otro incidente que la presentación del barón Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis del Saulay, a doña Dolores y al hermano de ésta don Melchor de la Cruz, doble presentación en la que el extranjero se portó como comediante consumado.

Doña Dolores respondió con una graciosa y alentadora sonrisa al cumplido que el joven creyó de su deber dirigirla.