Por lo que se refiere a don Melchor, su carácter se fue poniendo más y más sombrío, sus ausencias se hicieron más largas y frecuentes, y en las contadísimas ocasiones en que el acaso le ponía en presencia de los dos jóvenes, respondía silenciosamente a su saludo, sin dignarse dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se había convertido en verdadero odio mejicano.

Entre tanto los acontecimientos políticos iban desenvolviéndose con rapidez más y más creciente; las tropas de Juárez puede decirse que eran dueñas absolutas del campo; los exploradores de este partido habían aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba vagamente de propiedades españolas asaltadas, pasadas a saco y entregadas a las llamas y cuyos dueños habían sido traidoramente asesinados después de haber exigido un rescate los guerrilleros.

Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrés de la Cruz, a quien su calidad de español no le inspiraba confianza alguna en lo venidero, tomaba las precauciones más exageradas para no verse sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se había obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como él lo propusiera repetidas veces.

Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeño en mantenerse aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer término las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente hacía mucho tiempo despertada por hechos de él solo conocidos, habían determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipatía oculta que desde el primer día experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza de una certidumbre.

Tras madura reflexión, Luis había resuelto participar sus recelos a Domingo y a León Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el patio, se encontró con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia la puerta de la hacienda.

El conde se admiró de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de caer en una emboscada de los guerrilleros de Juárez, cuyos exploradores sabía él vagaban hacía algunos días por los alrededores de la hacienda.

Esta nueva salida del hermano de doña Dolores, completamente inmotivada en la apariencia, disipó las últimas dudas del conde y le afirmó en su resolución de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.

En esto León Carral atravesaba el patio, y al oír que Luis le llamaba, se encaminó apresuradamente a su encuentro.

—¿A dónde va V.? preguntó el conde al mayordomo.

—No lo sé de fijo, señor, respondió León; sin atinar por qué, esta noche me siento más desasosegado que de costumbre y me salía para inspeccionar los alrededores de la hacienda.