—Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; ¿quiere V. que le acompañe?
—Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanías, repuso ño León Carral.
—Está bien; mande V. que ensillen mi caballo y él de don Carlos y al instante nos reunimos a V.
—Sobre todo, señor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad de traición. Tengo un proyecto.
—Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.
—Hallarán Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito recomendarles que se armen.
—Nada tema.
El conde entró en sus habitaciones; después de explicar a Domingo lo que ocurría, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la hacienda, abierta de par en par.
—Aquí estamos, dijo el conde.
—Partamos, repuso lacónicamente Carral.