El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y salieron sin añadir palabra.
Tras ellos se cerró suavemente la puerta de la hacienda.
Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conducía al llano.
—¡Hola! dijo el conde al cabo de un instante, ¿qué significa esto? ¿acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido alguno al marchar?
—Hable V. más quedo, señor, repuso el mayordomo; probablemente estamos rodeados de espías; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad, no es sino una sencilla precaución; los cascos de nuestros caballos están envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.
—¡Demontre! profirió Luis, entonces nuestra expedición es secreta.
—Sí, señor, y por demás importante, repuso Carral.
—¿Qué ocurre pues?
—Que desconfío de don Melchor.
—¡Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrés.