—Sí, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por qué se enamoró mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tenía pizca de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre murió de sobreparto, rogando a don Andrés que no abandonase a la pobre criatura; mi amo se lo prometió, reconoció al hijo y le educó, cual si hubiese sido legítimo, y años después obligó a su esposa a tener al niño junto a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido hijo legítimo, tanto más cuanto doña Lucía de la Cruz murió sin haber dado más que una niña a su marido.
—¡Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.
—Todo marchó a pedir de boca durante muchos años; don Melchor, tratado muy bien por su padre, llegó poco a poco a persuadirse de que a la muerte de don Andrés heredaría efectivamente la fortuna de éste; pero hace cosa de un año que mi amo recibió una carta, a consecuencia de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.
—Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrés el proyecto de matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba mi próxima llegada.
—Probablemente, señor, dijo Carral; pero nada de cuanto pasó entre el padre y el hijo traspiró; lo único que todos notamos fue que don Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces está sombrío y áspero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a ello se ve obligado. Don Melchor, que no hacía sino cortas y contadas excursiones por el campo, empezó a aficionarse a la caza, y emprendió expediciones que con frecuencia duraban muchos días. La súbita llegada de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todavía la esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas disposiciones, y de ahí que esté yo convencido de que desesperado de ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde hace tanto tiempo codicia, no vacilará ni siquiera ante el crimen para apoderarse de ella. Ahí, señor, lo que he creído de mi deber comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor intención.
—Ahora me lo explico todo, ño León Carral, dijo el conde, y como V. estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traición contra el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.
—¿Quieren Vds. saber mi opinión? dijo Domingo; pues bien, yo opino que, si se presenta oportunidad, haríamos una buena obra alojándole una bala en la cabeza; de este modo libraríamos al mundo de un horrible asesino.
—Amén, repuso el conde riendo.
En esto los tres jinetes llegaron al llano.
—Señor, dijo León Carral, dirigiéndose a don Luis, aquí empiezan las dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia se revele a los invisibles espías que es indudable nos están acechando.