—Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V. adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan por el sendero de la guerra.
El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y habrían formado una red intrincada para otro menos conocedor del terreno que León Carral.
Como hemos dicho más arriba, la noche aquella era sin luna y el firmamento estaba oscuro como la tinta.
En el campo reinaba el más profundo silencio, sólo interrumpido a largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.
De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se detuvo y dijo en voz baja:
—Hemos llegado; apéense Vds.; aquí estamos seguros.
—¿Lo cree V. así? preguntó Domingo; durante nuestra marcha me ha parecido oír gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que fuesen verdaderos.
—Tiene V. razón, dijo León Carral; son los centinelas enemigos que se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos despistado a los que han salido en nuestra persecución. Éstos nos están buscando en dirección opuesta a la en que nos encontramos.
—Tal me ha parecido también a mí, profirió Domingo.
El conde escuchaba con avidez, pero en vano, lo que sus compañeros estaban hablando; para él era puro hebreo; por primera vez en su vida el acaso le colocaba en una situación tan singular, y por tanto le faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que había atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal vez se había librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.