—Señores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos, ya no los necesitan; yo entre tanto encenderé una antorcha de ocote.

Luis y Domingo, que reconocían tácitamente a Carral como jefe de la expedición, obedecieron.

—¿Está? preguntó al cabo de unos instantes el mayordomo.

—Sí, respondió el conde; pero no vemos pizca; ¿enciende V. la antorcha?

—Ya está encendida, respondió León; pero sería demasiado imprudente mostrar aquí la luz; síganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.

León se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compañeros, y los tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.

A poco brilló una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente para que aquéllos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.

Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie advirtiese la luz de la antorcha.

—¿Dónde demonios nos encontramos? preguntó el conde con sorpresa.

—Ya lo ve V., señor, respondió Carral, en una gruta.