—Sí, repuso Luis; mas para conducirnos aquí debía asistirle a V. una razón.

—Una me asistía, señor, contestó el mayordomo, y es que esta gruta comunica con la hacienda por medio de un subterráneo bastante largo; subterráneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda. De estas últimas, una de ellas sólo la conozco yo, y hoy he tapado la otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el campo haya descubierto la gruta ésta, he querido venir esta noche para cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte evitar que nos sorprendan.

—Muy bien dispuesto, ño León, dijo el conde; cuando V. quiera pondremos manos a la obra; no faltan piedras.

—Primeramente asegurémonos de que no nos han precedido otros.

—¡Jum! difícil me parece, profirió Luis.

—¿Usted cree? repuso Carral con suave ironía.

Y tomando la antorcha que había plantado en un rincón, se inclinó hasta el suelo, pero casi al punto se irguió de nuevo dando un grito de cólera y de rabia.

—¿Qué hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.

—Miren Vds., respondió el mayordomo señalando el suelo.

El conde miró.