—Es demasiado tarde, continuó Carral; nos han ganado por la mano.

—Por Dios explíquese V., profirió el conde; nada comprendo de cuanto dice.

—Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ¿ves estas pisadas que van en todas direcciones?

—¿Y qué?

—¡Pobre amigo mío! respondió el vaquero, estas pisadas las han impreso los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quizá se encuentran ya a estas horas.

—No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos. La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan llegado al final del subterráneo se verán precisados a derribar el muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos pues; quizá Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan Vds., síganme sin tardanza y dejen los caballos. ¡Ah! divina ha sido la inspiración que tuve de no lapidar la segunda salida.

Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo se precipitó corriendo hacia una galería lateral, seguido de los dos jóvenes.

El subterráneo subía en pendiente suave; el camino que éstos siguieran para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba asentada la hacienda; además, les había sido preciso dar numerosos rodeos y marchar con circunspección, es decir, con bastante lentitud, temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corrían en línea recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a caballo, les había exigido una hora.

Cuando los tres llegaron al jardín de la hacienda, ésta estaba silenciosa.

—Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el mayordomo; quizá salvemos la hacienda.