Y León se precipitó hacia la campana cuyas redobladas vibraciones despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurría.

—¡A las armas! ¡a las armas! gritaban el conde y sus compañeros.

A don Andrés le pusieron en dos palabras al corriente de la situación, y mientras éste hacía conducir a su hija a su habitación bajo la salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo permitían las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de Domingo y de los criados del primero, se había encaminado al jardín.

Luis y doña Dolores no habían cruzado sino contadas palabras.

—Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.

—Allá iré a reunirme con V.

—Le aguardo, ¿Nadie más se acercará?

—Se lo juro a V.

—Gracias.

Doña Dolores y el conde se separaron.