—En efecto, caballero, contestó cortésmente el alférez, el nombre que V. ha pronunciado es el mismo que va escrito en la orden que traigo; estoy completamente a su disposición para lo que guste mandar.
—Gracias, señor; mi hija se encuentra delicada de salud, y de ponernos en camino tan temprano temería perjudicarla; si no halla V. inconveniente permaneceremos aquí algunas horas más, hasta después del almuerzo, al que espero nos concederá la honra de acompañarnos.
—Le doy a V. un millón de gracias, caballero, repuso el oficial, inclinándose cortésmente; pero siendo como soy un grosero, mi sociedad sería muy poco grata para una dama; dispénseme V. pues si rehúso su galante invitación, que le agradezco lo mismo que si la aceptara.
—No insisto, señor, por más que me hubiera complacido tenerle a nuestro lado. ¿Así pues, quedamos en que vamos a pasar aquí todavía algunas horas?
—Cuantas le parezca bien, señor; ya le he dicho que estoy a sus órdenes.
Después de este cambio mutuo de cumplidos los dos interlocutores se separaron; el anciano se fue hacia el interior del rancho y el oficial se salió para instalar el vivaque de sus soldados.
Éstos se apearon, arrendaron sus caballos a sendas estacas y empezaron a vagar de acá para allá fumando y mirándolo todo con la recelosa curiosidad peculiar de los mejicanos.
El oficial dijo algunas palabras al oído de un soldado; el cual, en lugar de seguir el ejemplo de sus compañeros, se subió otra vez a caballo y partió al galope.
A cosa de las diez de la mañana, los criados de don Antonio Carrera uncieron los caballos a la berlina, y poco después salió el anciano dando el brazo a una dama de tal suerte envuelta en su toca y en su manto que era de todo punto imposible descubrir ninguna de sus facciones ni hacer conjetura alguna respecto de la gentileza de su talle.
Tan buen punto la dama estuvo cómodamente instalada en la berlina, don Antonio se volvió hacia el oficial, que se había acercado apresuradamente a él, y le dijo: