—Obre V. como más bien le parezca; y ahora dispénseme que le deje, señor don Jesús, pues mis viajeros se impacientan y es menester que me ponga en marcha.
—Vaya V. con Dios.
El mayoral se encaramó a su asiento, zurriagó a las mulas y la diligencia partió con rapidez poco tranquilizadora para los que iban en ella y corrían peligro de romperse los huesos a cada revuelta de carretera.
Tan pronto se encontró solo, el oficial se acercó al ventero, que estaba ocupado en medir maíz a algunos arrieros, y le interpeló con altivez.
—¡Eh! le preguntó, ¿no cobija V. en esta casa a un caballero español y a una dama?
—Sí, respondió el ventero, descubriéndose con temeroso respeto; sí, señor oficial, ayer, un poco después de ponerse el sol, llegó un caballero ya entrado en años acompañado de una joven dama en la berlina esa que ve V. ante la puerta del rancho; traían consigo una escolta. Según los soldados, vienen de Veracruz y se dirigen a Méjico.
—Esto es; a mí me han enviado para que les escolte hasta Puebla de los Ángeles; pero a lo que parece no les apresura ponerse en marcha. Sin embargo, la jornada es larga y no harían mal en darse prisa.
En aquel instante se abrió una puerta interior y entró en la sala común un hombre ricamente ataviado, el cual se levantó ligeramente el sombrero, pronunció la frase sacramental Ave María purísima, y se acercó al oficial, quien, al verle, había avanzado a su encuentro.
Este nuevo personaje era hombre de unos cincuenta y cinco años de edad, todavía lozano, de estatura alta y elegante, nobles y hermosas facciones y fisonomía franca y bondadosa.
—Soy don Antonio de Carrera, dijo el recién llegado, dirigiéndose al oficial; oí las palabras que dirigió V. al ventero, y si no me engaño yo soy la persona a quien tiene V. el encargo de escoltar.