EL ASALTO
Al oír la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas, los guerrilleros habían retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por aquéllos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.
Los defensores de la hacienda, cuyo número había aumentado considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasión de mandar a éstos una rociada de balas.
Sin embargo, era menester tomar una determinación: o avanzar arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.
El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros lo sabían, y no sólo lo sabían, sino que hacía ya mucho tiempo que deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con razón o sin ella suponían escondidas en la hacienda. Así pues les costaba renunciar a una expedición preparada de larga fecha y de la que tan magníficos resultados se prometían.
Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin que éstos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los guerrilleros, más interesados todavía que no sus soldados en el buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilación empuñando resueltamente picos y martillos no sólo para agrandar la brecha, sino para reventar completamente el muro, pues comprendían que solamente por medio de una irrupción súbita e irresistible conseguirían derribar el obstáculo que les oponían los defensores de la hacienda.
Éstos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas se perdían, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de no mostrarse delante de la brecha.
—Han cambiado de táctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo una mirada de tristeza en torno de sí, añadió: entonces y no siendo capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompañan, nos veremos constreñidos a retroceder.
—Tienes razón, amigo, la situación es grave, repuso el joven.
—¿Qué hacer? preguntó el mayordomo.