—¡Ah! profirió de improviso Domingo, dándose una palmada en la frente, se me ocurre una idea: ¿tienen Vds. pólvora en la hacienda?

—Gracias a Dios no nos falta, respondió Carral. ¿Por qué?

—Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo demás respondo.

—Fácil es.

—Pues vaya V.

El mayordomo se alejó apresuradamente.

—¿Qué quieres hacer? preguntó el conde a Domingo.

—Ya verás, respondió el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive Dios que es magnífica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te fío que va a darles que sentir.

—No te comprendo.

—¡Ah! continuó el joven, pábulo de una exaltación febril, quieren abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrírselo, te lo juro.