En este momento regresó el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres barriles de pólvora en un carretón, cada uno de cuyos barriles contenía unas ciento veinte libras de pólvora.
—¡Tres barriles! profirió alegremente Domingo; mejor que mejor; así cada uno de nosotros tendremos el nuestro.
—¿Pero qué vas a hacer? preguntó Luis al vaquero.
—Voy a mandarles a las nubes, respondió éste. ¡Ea! manos a la obra.
Y tomando uno de los barriles le quitó la tapa, operación que imitaron el conde y León Carral.
—Ahora, dijo Domingo dirigiéndose a los peones, despavoridos ante tan siniestros preparativos, haceos atrás, pero seguid disparando sobre ellos.
El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del primero, que se habían negado a separarse de su amo.
En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus amigos.
Éstos se hicieron cargo de los barriles, y deslizándose silenciosamente por detrás de los árboles, se acercaron a la gruta.
Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no atreviéndose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido fuego que hacían los peones, no veían lo que pasaba en el jardín; de consiguiente les fue fácil a los cinco hombres llegar hasta al pie mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser vistos.