Domingo colocó los tres barriles de pólvora junto al arranque del muro, y con ayuda de sus compañeros amontonó sobre los barriles cuantas piedras pudo hallar; luego tomó su mechero, quitó de él la mecha, de la que cortó unos diez centímetros, y la introdujo en uno de los barriles.
—¡Atrás! ¡atrás! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y dentro de un instante va a derrumbarse.
Y dando el ejemplo a sus compañeros, se alejó corriendo.
Casi todos los defensores de la hacienda, en número de unos cuarenta, con don Andrés a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.
—¿Por qué corren Vds. de este modo? preguntó el señor de la Cruz a los jóvenes; ¿acaso están ahí los bandidos?
—No, señor, respondió Domingo, todavía no, pero pronto va V. a saber de ellos.
—¿Dónde está doña Dolores? preguntó el conde.
—En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.
—Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.
Éstos anudaron un tiroteo infernal.