—Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cámara, hay que preverlo todo, váyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos, uno de ellos para una mujer. ¿Ha comprendido V.?
—Sí, señor conde.
—Luego conducirán Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo de la huerta, y allí y bien armados me aguardarán. Vaya V.
Raimbaut se alejó apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.
—¡Ah! dijo don Andrés dando un suspiro de pesar, si Melchor se encontrase aquí, cuan útil nos sería.
—Pronto estará, señor, repuso con ironía el conde.
—¿Pero dónde puede estar?
—¡Jum! ¿quién sabe?
—¡Ja! ¡ja! profirió Domingo, allá abajo ocurre algo.
En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba ensanchando rápidamente y por fin se desprendió hacia fuera un lienzo de pared.