Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos y empuñando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de improviso se oyó una explosión terrible, la tierra retembló como sacudida por una convulsión volcánica, subió hacia el cielo una nube de humo y en todas direcciones cayó una lluvia de despojos humanos.
Un grito de agonía atravesó el espacio; luego se cernió sobre el lugar de tan horrorosa escena un silencio de muerte.
—¡Adelante! ¡adelante! gritó Domingo.
Los destrozos causados por la mina habían sido terribles; la entrada del subterráneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del todo por montones de tierra y de piedras, no había dado paso a ninguno de los asaltantes. Sólo acá y allá y en medio de los despojos se veían los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La catástrofe debió de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el secreto el subterráneo.
—Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrés.
—Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el mayordomo.
De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras de León Carral, se oyeron formidables gritos acompañados de disparos de armas de fuego, y una llama súbita que se elevó en las viviendas de los criados, iluminó el paisaje con resplandor siniestro.
—¡A las armas! ¡A las armas! gritaron los peones corriendo despavoridos. ¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros!
Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando aullidos de furor.
Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuñaba un sable en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.