—¡Don Melchor! exclamó el anciano con desesperación.

—Vive Dios, dijo Domingo encarándole su arma no avanzará un paso más.

—¡Es mi hijo! profirió don Andrés desviando el arma de Domingo.

El proyectil fue a perderse en el espacio.

—¡Ah! señor, repuso con frialdad el joven, se arrepentirá V. de haberle salvado la vida.

Don Andrés, arrastrado por el conde y por Domingo, había entrado en sus habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamén por los peones, que hacían desde las ventanas un fuego nutridísimo sobre los asaltantes.

El hijo de don Andrés de la Cruz estaba en inteligencias con los partidarios de Juárez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al conde, a la desesperación por el próximo casamiento de su hermana y la pérdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo período de tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero único, el joven había atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cuéllar, y que él se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propósitos, propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se habían tomado todas las medidas conducentes al caso.

Convinieron Cuéllar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida por oficiales resueltos, intentaría una sorpresa por el subterráneo, del que el joven había previamente librado el secreto, y que al mismo tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las órdenes del mismo Cuéllar y guiada por don Melchor, escalaría silenciosamente los muros de la hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto estaría sin defensa para atender a la de los edificios, bastante alejados de aquéllos.

Ya hemos indicado cual había sido el éxito de este doble ataque.

Cuéllar ignoraba todavía que en tal empresa había perdido la primera mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del derrumbado subterráneo, y con los hombres que le quedaban sostenía un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales sabiendo que se las habían con la pandilla de Cuéllar, el más feroz y sanguinario de todos los guerrilleros de Juárez, y que esta pandilla no concedía cuartel, se batían con el heroísmo de la desesperación.