El combate, sin embargo, iba prolongándose; los peones emboscados en las habitaciones habían parapetado las ventanas con todo lo que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes diseminados por los patios y a los cuales causaban pérdidas sensibles.

A Cuéllar no sólo le tenía fuera de sí la tenaz e imprevista resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los soldados de su cuadrilla que habían entrado por la gruta y que desde hacía mucho tiempo debían haberle dado la mano.

El jefe guerrillero había oído la explosión de la mina, sí; pero como entonces se encontraba todavía a bastante distancia de la hacienda y en dirección diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosión, el ruido llegó hasta él sordo e indistinto. Así pues no hizo caso alguno de él; pero la inexplicable tardanza de sus compañeros en aquel momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle seria inquietud, y se disponía ya a enviar a algunos de los suyos a la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados, cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud de guerrilleros agitando alegremente sus armas.

Este triunfo definitivo se debió a don Melchor. Mientras el grueso de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, él, acompañado de algunos hombres decididos se había deslizado entre sombras por una ventana baja que en el primer momento de confusión los de la hacienda se olvidaran de atrancar como las demás, se introdujo en el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a quienes su presencia aterrorizó y sobre los cuales se precipitaron los guerrilleros que le acompañaban, blandiendo su sable y empuñando sendas pistolas.

Entonces el combate se convirtió en una horrorosa carnicería; los peones, a pesar de sus súplicas fueron muertos a puñaladas por sus vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.

Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda, persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinándoles desapiadadamente.

De esta suerte llegaron al gran salón cuyas anchas puertas de dos hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez allí, no sólo se detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso de horror ante el terrible espectáculo que se les ofreció a los ojos.

El salón estaba iluminado, por multitud de bujías colocadas en todos los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ángulos y con muebles amontonados habían construido una barricada, tras la cual se refugiaron doña Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la misma, estaban alineados, en pie e inmóviles, con un fusil en una mano y una pistola en la otra, don Andrés, el conde, Domingo y León Carral, los cuales tenían cerca de sí dos barriles de pólvora abiertos.

—¡Alto! gritó don Luis con voz zumbona; ¡alto, caballeros! si dan Vds. un paso más nos vamos todos por los aires. Háganme Vds. el favor de no atravesar los umbrales de esta puerta.

Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan cortés recomendación, pues a la primera mirada habían medido toda la intensidad del peligro que corrían.