Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la imposibilidad.
—¿Qué quieren Vds.? preguntó con voz atragantada al conde el hijo de don Andrés de la Cruz.
—De V., nada, respondió Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con un miserable de su calaña.
—Serán Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aulló don Melchor.
—Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replicó el conde levantando con toda impasibilidad el gatillo del revólver que tenía en la mano y apuntando al barril de pólvora que estaba próximo a él.
Los guerrilleros se hicieron atrás profiriendo gritos de terror.
—No dispare V., no dispare V., exclamaron; aquí viene el coronel.
En efecto, Cuéllar acababa de llegar.
Era Cuéllar un bandido desalmado, afirmación que no sorprenderá a nadie; pero hay que confesar que era valiente como un león.
El coronel se abrió paso entre sus soldados y una vez solo al frente de éstos, se inclinó con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccionó con mirada socarrona, lió un cigarrillo y dijo con acento de buen humor: