—Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ahí; les doy mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren unas ideas increíbles; por mi fe, añadió hablando consigo mismo, no hay quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que todos volemos al paraíso.
—Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos vacilado en mandar a las nubes a los soldados que había usted mandado a la descubierta por la gruta.
—¿Qué dice usted? profirió Cuéllar palideciendo.
—Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar los cadáveres de sus soldados en el subterráneo y los hallarán a todos, pues todos han quedado en él.
Los guerrilleros se estremecieron de terror al oír tales palabras, y todos guardaron silencio.
Cuéllar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levantó el rostro, del que había desaparecido toda huella de emoción, y tendió una mirada en torno de sí como quien busca algo.
—¿Busca V. fuego? le preguntó Domingo acercándose a él con una bujía en la mano. Encienda V. su cigarrillo, señor.
Cuéllar tomó la bujía que galantemente le alargaba Domingo, y después de encender el cigarrillo, la devolvió a éste dándole las gracias.
—Conque, dijo Cuéllar una vez el joven se hubo reunido a sus compañeros, ¿piden ustedes capitulación?
—Se equivoca V., señor, repuso el conde; no la pedimos, se la ofrecemos a V.