—¿Qué Vds. me la ofrecen? profirió con admiración el guerrillero.
—Sí; porque somos dueños de la vida de usted.
—Usted dispense, arguyó Cuéllar, lo que está diciendo es especioso, porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros también irían Vds.
—¡Caramba! repuso el conde, en esto estamos.
Cuéllar se entregó de nuevo a la meditación, y poco después dijo:
—Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras; hablemos como hombres; ¿qué quieren Vds.?
—Voy a decírselo a V., respondió el conde.