—Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella sería para atacarnos de nuevo mañana.
—Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.
—A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han escapado de la matanza.
—No hallo dificultad.
—Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.
—Convengo en ello.
—Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo, y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos importune.
—¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.
—V. dispense, ¿acepta?
—Sí, señor, acepto. ¿Qué más?