LOS SALTEADORES

La berlina seguía adelante, rodeada de su escolta, camino de Orizaba; pero a poca distancia de esta ciudad dobló a un lado y por una trocha penetró de nuevo en el camino de Puebla y avanzó hacia los desfiladeros de las Cumbres.

Mientras la berlina corría a escape por la polvorosa carretera, los dos viajeros que en ella iban sostenían un coloquio.

La dama que acompañaba al anciano tenía a lo más dieciséis o diecisiete años; de correctas y delicadas facciones, ojos rodeados de largas pestañas que al entornarse trazaban un oscuro semicírculo en sus aterciopeladas mejillas, nariz recta de rosadas y movibles ventanillas, boca diminuta cuyos coralinos labios al entreabrirse descubrían la doble sarta de perlas de sus dientes, barbilla dividida en dos por un hoyuelo, cutis pálido el mate de cuya blancura aumentaban los sedosos rizos de una cabellera de azabache que le encuadraba el rostro y se le desparramaba por los hombros, asumía uno de esos aspectos singulares y simpáticos como únicamente los producen Las tierras equinocciales, y que, no obstante carecer de la delicadeza de contornos de las endebles beldades de los fríos climas del norte, tienen ese irresistible atractivo que hace soñar el ángel en la mujer e impone no sólo el amor, sino también la adoración.

Graciosamente ovillada en un rincón de la berlina y semiescondida en oleadas de gasa, dejaba vagar con ademán pensativo su mirada por el campo y sólo respondía con monosílabos y gesto distraído a las palabras que le dirigía su padre.

El anciano, aunque fingía cierta tranquilidad de espíritu, al parecer no las tenía todas consigo.

—Ya ve V. que esto no se presenta claro, Dolores, decía don Antonio; a pesar de las reiteradas afirmaciones de los jefes del gobierno de Veracruz y de la protección de que hacen alarde de rodearme, no tengo maldita la confianza en ellos.

—¿Por qué, padre? preguntó con indolencia la joven.

—Por un sin fin de razones, y la primera y principal porque soy español. Usted ya sabe que por desgracia en los tiempos que atravesamos, esta cualidad no contribuye sino a aumentar el odio que los mejicanos llevan a los europeos en general.

—Demasiado cierto es lo que V. dice, padre, pero permítame que le dirija un ruego.