—Diga V.

—Pues bien, quisiera que me hiciese sabedora de las apremiantes causas que le han obligado a abandonar súbitamente Veracruz y emprender este viaje conmigo sobre todo, a quien nunca se lleva en sus excursiones.

—Es muy sencillo, hija mía; intereses de monta reclaman mi presencia en Méjico, a donde debo trasladarme cuanto antes; por otra parte, el horizonte político se ennegrece más cada día, y he reflexionado que la estancia en nuestra hacienda del Arenal podría dentro de poco hacerse peligrosa para nuestra familia. He determinado pues, después de haberla dejado a V. en Puebla en casa de nuestro pariente don Luis de Pezal, de quien es V. ahijada muy querida, llegarme hasta el Arenal, recoger allí al hermano de V., Melchor, y llevármelos a Vds. dos a la capital, donde fácilmente podremos hallar una protección eficaz, en el caso, por desgracia facilísimo de prever, en que ocurriera, no una nueva revolución, pues estamos sufriendo una hace ya mucho tiempo, sino un cataclismo que derribaría de repente al poder constituido para poner en su lugar él de Veracruz.

—¿Y éste es el único motivo que le impulsó a V., padre? preguntó la joven inclinándose ligeramente y sonriendo con suavidad.

—¿Qué otro pudiera ser, querida Dolores?

—No sé, por eso se lo pregunto.

—Es V. una niña curiosa, repuso el anciano, riendo y amenazando con el dedo a su hija; V. quisiera que le descubriera mi secreto.

—¿Conque hay un secreto?

—¿Quién sabe? pero en cuanto al particular tendrá V. que resignarse, pues no diré palabra.

—¿De veras, padre?