—Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.
—Sí, contestó sordamente don Melchor.
El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.
—Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá a disponerlo todo para nuestra partida.
—Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral, añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.
Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto estipulado previamente.
Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores de la hacienda.
Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de la barricada.
Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e imperiosa, le dijo:
—Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario, indispensable, una explicación suprema entre los dos.