—En efecto, pero ¿quién es ese rehén?
—V., señor, respondió sin ambages el conde.
—¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto; efectivamente les bastaría a Vds. con éste.
—Por eso no queremos otros.
—Pues es muy sensible.
—¿Por qué?
—Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?
—La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.
—Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds., pues esto es para mí muy importante.
—No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta de diez hombres para regresar con seguridad.