—Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.

—¡Una formalidad! ¿cuál?

—La de los rehenes.

—¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?

—Sí, señor.

—¿Pues qué quieren Vds. más?

—Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor, que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia, no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V., señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede defenderlos con su presencia.

Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con agrado y dijo:

—¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes que V. exige?

—Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.