—Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé que es un verdadero indio.

En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó, apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se sentaba cerca de él.

La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos, le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura indecible, le dirigió estas palabras:

—Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor. Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me quiere a mí que le amo tanto?

Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos, en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.

—¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!

—Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento, levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque ¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?

—No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.

—Padre, por Dios, sosiéguese V.

—Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.