Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían sido respetadas las habitaciones del conde.
Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de apoderarse ni por el valor de un céntimo.
Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar, los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron los guerrilleros.
Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo estaba dispuesto para la partida.
—Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.
—Adelante.
Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a pasar a vías de hecho.
Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese ausente, y luego dio la señal de marcha.
Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que moraban en la hacienda.
Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.