El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.

Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis leguas de distancia.

Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e iluminó el campo en una grande extensión.

La hacienda estaba ardiendo.

A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.

Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.

De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir la monotonía de su viaje.

Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.

El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:

—Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado, por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.