—En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds. prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles, reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia no soy yo quien mando, y...
—Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado hablar más del asunto.
—¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.
El joven se acercó al guerrillero.
—Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.
—Diga V.
—Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.
—¿Qué quiere V. decir, señor?
—Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.
—Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo al guerrillero.