Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje, Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la prudencia al joven.

—¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.

El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho al separarse.

—Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas; como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente si la despreciásemos.


[XVIII]

LA EMBOSCADA

Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.

Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos, avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así, estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los jarales.

Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos, iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.