A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla, resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal, se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.

Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.

—Amigo mío, dijo el conde acercándose a Domingo e inclinándose ligeramente sobre su silla, no me explico la causa, pero experimento gran zozobra; la despedida de ese bandido me impresionó profundamente, pues me parece que presagia una desgracia cercana, terrible e inevitable, sin embargo de que el encontrarnos a cortísima distancia de la ciudad y de que el sosiego que reina a nuestro alrededor debieran tranquilizarme.

—Precisamente éste sosiego, repuso también en voz baja Domingo, me llena, como a ti, de indecible congoja; igualmente presiento yo una desgracia; nos encontramos en medio de un avispero, de un sitio el más a propósito para una emboscada.

—¿Qué hacer? preguntó el conde.

—No sé, respondió Domingo, la situación es dificultosa; sin embargo estoy porque redoblemos la prudencia. Haz que don Andrés y su hija pasen a vanguardia, advierte a los peones que estén ojo avizor y con el dedo en el gatillo de sus fusiles, y tú estás presto a la menor señal de alarma; yo, ínterin, salgo a la descubierta, y si el enemigo nos persigue, sabré despistarles pero no perdamos segundo.

Hablando de esta suerte, el vaquero se apeó, y después de haber arrojado a un peón las bridas de su caballo, se puso el fusil debajo del brazo izquierdo, trepó a la pendiente de la derecha y a poco desapareció al través de las malezas que orillaban el sendero.

Una vez a solas, el conde se preparó a seguir inmediatamente los consejos de su amigo, por lo que formó una retaguardia con los peones más decididos y más bien armados, a quienes intimó la orden de vigilar con atención suma los bordes del sendero, procurando al mismo tiempo disimular la gravedad de los acontecimientos que preveía, para no acobardarlos.

El mayordomo, cual si hubiera adivinado la zozobra del conde y participado de sus sospechas de un ataque próximo, había colocado a don Andrés y a doña Dolores en medio de un pequeño grupo de criados leales de los que asumiera el mando, y apresurando el andar de los caballos había dejado entre él y el grueso de la caravana un intervalo de cien pasos.

Doña Dolores, rendida por el cúmulo de terribles emociones que experimentara en el transcurso de aquella noche, no había prestado mucha atención a las disposiciones tomadas por sus amigos, sino seguido maquinalmente el nuevo impulso que la dieran y probablemente sin que tuviese conciencia del nuevo peligro que la amenazaba ni pensase más que en velar por su padre, cuyo estado de postración se hacía más alarmante por segundos.