En efecto, desde su partida de la hacienda y a pesar de los ruegos de su hija, don Andrés no había pronunciado una palabra; pálido, con la mirada fija y sin ver, la cabeza inclinada sobre el pecho, el cuerpo conmovido por persistente temblor nervioso y sumergido en profunda desesperación, dejaba a su caballo el cuidado de conducirle, sin que en la apariencia supiese a donde iba; tal había quebrantado el dolor, su energía y su voluntad.

León Carral, adicto en cuerpo y alma a su amo y a su joven ama y comprendiendo cuan incapaz de oponer la menor resistencia seria el anciano en el caso probable de un ataque, había recomendado en primer término a los servidores a quienes escogiera para que sirviesen de escolta a don Andrés y a doña Dolores, que no le perdiesen de vista y que en el momento de la lucha ensayasen por cuantos medios les fuese posible salir de la refriega y ponerlos al abrigo de todo riesgo; luego y obedeciendo a una señal que le dirigiera el conde, volvió grupas y se reunió a éste.

—Por lo que veo, a V. le han asaltado iguales presentimientos que a mí, dijo Luis al mayordomo.

—¡Ah! repuso éste moviendo la cabeza, don Melchor no abandonará la partida antes no la haya ganado o perdido definitivamente.

—¿Le cree V. capaz de preparar a su padre una emboscada tan horrible?

—Ese hombre es capaz de todo.

—¡Entonces es un monstruo!

—No, repuso el mayordomo, es un mestizo, un envidioso y un orgulloso que sabe que únicamente la fortuna puede darle la apariencia de consideración que codicia, y para alcanzarla no reparará en los medios.

—¿Ni en el parricidio?

—Ni en el parricidio.