—Lo que V. me dice es espantoso.

—¿Qué quiere V., señor? es así.

—A Dios gracias nos acercamos a Puebla, y una vez en la ciudad nada tendremos que temer.

—Sí, pero todavía no nos encontramos en ella, y V. conoce tan bien como yo el proverbio.

—¿Qué proverbio?

—De la mano a la boca se pierde la sopa.

—Espero que esta vez no se cumplirán sus temores.

—Así lo deseo; pero ¿no me había llamado usted, señor?

—En efecto, tengo que hacerle una recomendación.

—Diga V.