—Dado que nos ataquen, exijo que nos abandone V. a nuestras propias fuerzas y que a uña de caballo se dirija hacia Puebla llevándose consigo a don Andrés y a su hija. Tal vez de esta suerte le quede a V. tiempo de ponerlos en seguridad al amparo de las murallas de la ciudad.

—Le obedeceré a V., señor; no pondrán la mano en mi amo sin antes pasar por encima de mi cadáver. ¿Tiene V. más que comunicarme?

—No, vuélvase V. a su sitio, y a la buena de Dios.

El mayordomo saludó al conde y se reunió de nuevo al pequeño escuadrón en el centro del cual iban don Andrés y doña Dolores.

Casi al mismo instante Domingo reapareció en lo alto de la margen del sendero, y subiendo otra vez sobre su caballo, se colocó a la derecha del conde.

—¿Has descubierto algo? preguntó éste al vaquero.

—Sí y no, respondió Domingo a media voz.

El joven tenía el rostro sombrío y fruncido el ceño, lo que redobló la zozobra del conde, que dijo:

—Explícate.

—¿Para qué si no me comprenderías?