—Puede que sí.

—Pues oye: a derecha, a izquierda y a retaguardia la llanura está completamente desierta; adquirí de ello la certidumbre. El peligro, si verdaderamente existe, no es de temer sino que se nos eche encima durante el trayecto que nos separa de la ciudad.

—¿Qué te lo da a suponer?

—Indicios para mí seguros y que mi dilatada costumbre del desierto me ha dado a conocer a la primera mirada; en la región en que nos encontramos, los hombres descuidan por regla general todas las precauciones tomadas en las praderas y el olvido de una sola de las cuales acarrearía indefectiblemente la muerte inmediata del imprudente cazador o guerrero que habría de esta suerte denunciado su presencia a sus enemigos; aquí es fácil reconocer las pistas y más fácil todavía el seguirlas, porque son perfectamente visibles, aun para el más inexperto. Escucha bien lo que voy a decirte: desde el Arenal, no diré que nos haya seguido, pues la palabra no es exacta en las presentes circunstancias, sino flanqueado a derecha un numeroso escuadrón que a lo más a tiro de fusil galopaba en la dirección que nosotros; el escuadrón ese, sea el que fuere, a media legua de aquí hizo una conversión sobre la izquierda, cual si quisiese aproximársenos, luego apresuró el paso, se nos adelantó y se internó, a nuestro frente, en este mismo sendero, de modo que en este momento le seguimos.

—¿Qué infieres de esto?

—Que la situación es grave, crítica, y que por muchas que sean las precauciones que tomemos, temo que la partida será superior a nuestras fuerzas; mira como va angostándose gradualmente el sendero, como van escarpándose las márgenes del camino; ahora nos encontramos en un cañón, y dentro de quince o a lo más veinte minutos llegaremos al sitio donde este cañón desemboca en el llano, que es donde estoy seguro nos aguardan los que nos están acechando.

—Lo que me dices es más claro que la evidencia, amigo mío, repuso el conde; pero como por desgracia no contamos con medio alguno para eludir el peligro que nos amaga, no nos cabe sino seguir adelante a pesar de los pesares.

—Esto es lo que me desazona, profirió Domingo ahogando un suspiro y dirigiendo al soslayo una mirada a doña Dolores; como únicamente se tratase de nosotros, pronto habríamos resuelto la dificultad, pues somos hombres y pereceremos matando; pero, ¿acaso nuestra muerte salvará a ese anciano y a su inocente hija?

—A lo menos intentaremos lo imposible para que no caigan en manos de sus perseguidores.

—Nos acercamos al punto sospechoso; apresuremos el paso para estar preparados a todo evento.