Pocos minutos después llegaron a un lugar donde el sendero, antes de desembocar en el llano, formaba un recodo bastante áspero.
—¡Atención! dijo el conde en voz baja.
Todos afirmaron el dedo en el gatillo de sus fusiles.
Una vez doblado el recodo, la caravana se detuvo de improviso dominada por un estremecimiento de terror y de sorpresa.
La entrada del cañón estaba interceptada por una fuerte barricada hecha con ramas, árboles y piedras, y tras ellas había unos veinte hombres inmóviles, y en actitud amenazadora; además, a los rayos del sol levante se veían brillar las armas de otros individuos que a derecha y a izquierda coronaban las alturas.
Delante de la barricada y en ademán altanero había un jinete, que no era otro que don Melchor.
—A cada puerco le llega su San Martín, caballeros, dijo éste sonriendo con ironía; ahora soy yo quien mando y voy a imponer condiciones.
—Mire V. lo que hace, señor, replicó el conde sin desconcertarse y adelantando algunos pasos; entre su jefe de V. y nosotros hemos celebrado lealmente un pacto, y el infringirlo sería una traición cuya deshonra caería por entero sobre aquél.
—¡Bah! repuso don Melchor, nosotros somos guerrilleros y hacemos la guerra a nuestra guisa sin preocuparnos con él que dirán; así pues, en vez de entrar en una discusión ociosa y que al fin no les reportaría a ustedes resultado favorable alguno, me parece que lo más propio del caso es ponerles al corriente de las condiciones bajo las cuales consentiré en cederles el paso.
—¿Condiciones? replicó Luis, no aceptaremos ninguna, caballero, y si no consiente en dejarnos pasar, le obligaremos a ceder por graves que para V. y para nosotros deban ser las consecuencias de la lucha.