—Pruébenlo ustedes, respondió don Melchor con la misma irónica sonrisa.

—A eso vamos.

Don Melchor encogió los hombros y volviéndose hacia sus secuaces dio la orden de hacer fuego.

Se oyó una horrorosa detonación y sobre la caravana cayó una lluvia de plomo.

—¡Adelante! ¡adelante! gritó el conde.

Los peones se abalanzaron a la barricada dando aullidos de cólera.

La lucha estaba empeñada, lucha terrible, espantosa, porque los peones sabían que no podían esperar cuartel de sus feroces enemigos; así es que combatían haciendo prodigios de valor, pero no para vencer, lo que no creían posible, sino para no sucumbir sin venganza.

Don Andrés se había arrancado de los brazos de su hija, que inútilmente intentara detenerle, y armado de sólo un machete arrojándose en lo más recio de la pelea.

El ataque de los peones había sido tan impetuoso, que del primer empuje llegaron al lado opuesto de la barricada. Entonces los dos bandos, demasiado próximos uno a otro para hacer uso de sus fusiles y de sus pistolas, echaron mano del arma blanca.

Los guerrilleros situados en las alturas estaban reducidos a la inacción, temerosos de herir a sus mismos compañeros.