Don Melchor estaba muy distante de esperar una resistencia tan tenaz por parte de los peones, pues gracias a la ventajosa posición que eligiera, había creído conseguir fácilmente la victoria y contado con una sumisión inmediata. Lo que ocurría desbarataba todos sus cálculos; empezaba a ver claras las consecuencias de su acción: Cuéllar, que indudablemente habría hecho la vista gorda respecto de una traición consumada sin derramamiento de sangre, no le perdonaría que hubiese hecho matar de un modo tan necio a sus soldados más aguerridos.
Tales pensamientos redoblaban la rabia de don Melchor.
La caravana, horriblemente diezmada, no contaba ya sino con algunos hombres en estado de combatir; los demás estaban muertos o heridos.
Don Andrés, a quien le habían matado el caballo, a pesar de perder abundante sangre por dos heridas seguía combatiendo con sin igual bravura; pero de pronto dio una voz terrible, un grito de desesperación: don Melchor, brincando como un tigre, se había precipitado sobre el grupo en medio del cual se refugiara doña Dolores. Derribando a los peones que encontró a su paso, el hijo de don Andrés cogió a la doncella, la colocó atravesada sobre el arzón de su caballo, pese a la resistencia que ésta opuso, y salvando todos los obstáculos huyó a escape sin ocuparse más en el combate que sostenían sus compañeros.
Los cuales, al verse abandonados, renunciaron a una lucha ya sin objeto para ellos, y obedeciendo indudablemente a una orden previa se dispersaron en todas direcciones, dejando a los peones libres de continuar su camino hacia Puebla si así lo deseaban.
Don Melchor había con tal rapidez llevado a término el rapto de doña Dolores; que nadie lo advirtió hasta que el grito de desesperación de don Andrés hubo dado la señal de alarma.
Sin calcular el peligro a que se exponían, el conde y el mayordomo se habían lanzado en persecución de don Melchor; pero éste, montado como iba sobre un caballo de precio, llevaba a las fatigadas cabalgaduras de sus perseguidores una delantera considerable y que por instantes iba siendo mayor.
Domingo dirigió una mirada a don Andrés, que yacía tendido en tierra, y levantándole suavemente le dijo:
—Fíe V. en mí, señor, yo salvaré a su hija.
El anciano juntó las manos, miró al joven con indecible expresión de gratitud, y se desmayó.