Domingo se subió de nuevo sobre su caballo, y hundiéndole las espuelas en los ijares, dejó a don Andrés en manos de sus criados y a su vez echó tras el raptor.
El vaquero no necesitó sino un instante para convencerse de que don Melchor, más bien montado que no él y sus amigos, no tardaría en encontrarse fuera de todo alcance.
En cuanto a don Melchor, galopó en línea recta durante un trecho, luego refrenó prontamente su caballo cual si se hubiese levantado de improviso un obstáculo ante él, y doblando a la derecha cambió de dirección como si quisiese acercarse a sus perseguidores.
Luis y el mayordomo intentaron entonces cerrarle el paso, mientras Domingo, por su parte, detenía a su caballo, se apeaba y preparaba su fusil.
Según la dirección que entonces seguía, don Melchor debía pasar a unos cien metros de él.
El vaquero se santiguó, apuntó su arma e hizo fuego.
Herido en la cabeza, el caballo de don Melchor cayó muerto arrastrando al jinete en su caída.
En aquel mismo instante aparecieron en lontananza unos treinta guerrilleros, que a escape se dirigían al lugar de la emboscada.
Cuéllar iba al frente de ellos.
Por mucho que el conde y el mayordomo se hubiesen apresurado a dirigirse al sitio donde don Melchor cayera, Cuéllar llegó antes que ellos.