D. Melchor se levantó molido de la caída y se inclinó hasta su hermana para ayudarla a levantarse; pero ésta estaba desmayada.

—¡Vive Dios! señor, dijo Cuéllar con acento hosco, que es V. un gran compañero; practica V. la traición y arma emboscadas con raro talento; pero, el diablo me apriete el gañote antes de hora si V. y yo cabalgamos por más tiempo juntos.

—No es ocasión de bromearse, señor, repuso el joven; esta doncella, que es mi hermana, está desmayada.

—¿Y quién tiene de ello la culpa, gritó brutalmente el guerrillero, sino V., que con el fin de robarla no sé con qué objeto, me ha hecho matar veinte hombres entre los más resueltos de mi cuadrilla? Pero le juro a V. que esto no continuará así.

—¿Qué quiere V. decir? preguntó con altivez D. Melchor.

—Quiero decir que desde ahora me va V. a hacer el singular favor de irse a donde le dé la gana con tal que no sea conmigo, y que desde este mismísimo instante rompo con V. toda clase de relaciones. ¿Le parece a V. bastante claro?

—Sí, señor, respondió el joven, así es que no voy a abusar más de su paciencia; proporcióneme V. los caballos necesarios para mi hermana y para mí y le dejo.

—El diablo cargue conmigo si le proporciono a V. cosa alguna; cuanto a esa señora, ahí vienen unos jinetes que mucho me temo se opongan resueltamente a que V. se la lleve consigo. Don Melchor se puso lívido de rabia; pero comprendiendo que por su parte era imposible toda resistencia, cruzó los brazos sobre el pecho, irguió orgullosamente la cabeza y esperó.

En efecto, el conde, el mayordomo y Domingo llegaban corriendo.

Cuéllar dio algunos pasos en dirección a los jóvenes, los cuales, no conociendo como no conocían las intenciones del guerrillero y temerosos de que se declarase contra ellos, experimentaban alguna zozobra.