—Llegan Vds. oportunamente, les dijo Cuéllar, apresurándose a tranquilizarles; espero que no me han hecho Vds., la injuria de suponer que yo he intervenido en algo en la emboscada en que han corrido riesgo de perecer.
—No lo hemos sospechado ni por un segundo, señor, contestó cortésmente el conde.
—Gracias por el buen concepto que les merezco, señores, repuso Cuéllar; pero díganme, supongo que vienen Vds. a reclamar a esta señorita, ¿no es eso?
—Sí, señor.
—¿Y si yo me opusiese a que se la llevaran ustedes? preguntó con arrogancia don Melchor.
—Le levantaría a V. la tapa de los sesos, interrumpió con toda calma el guerrillero; créame V., no intente luchar contra mí, y aprovéchese de la buena disposición de ánimo en que me encuentro en este instante para tomar las de Villadiego, pues podría ocurrir que a no tardar me arrepintiese de esta última prueba de bondad que le doy y le abandonase a sus enemigos.
—Está bien, profirió don Melchor con amargura, me retiro ya que a ello me veo obligado; y midiendo con despreciativa mirada al conde, añadió: Volveremos a vernos, señor, y espero que entonces si no están enteramente de mi lado las fuerzas, a lo menos las probabilidades serán iguales.
—Respecto del particular ya ha padecido usted error, replicó Luis, y tengo sobrada confianza en Dios para creer que en adelante sucederá lo mismo.
—¡Veremos! profirió sordamente don Melchor, retrocediendo algunos pasos como para alejarse.
—¿No quiere V. saber qué resultado ha tenido para su padre la emboscada? preguntó entonces Domingo con acento de amenaza al joven.